Sobre la paz

“Paz”, “Amor”, “Felicidad”, son palabras esenciales en la existencia humana.
Maltratadas por nuestros labios, parecen injustamente vacías  y sin significado, cuando van de boca en boca en este tiempo de Navidad como un mero trámite.
Estos días he estando pensando especialmente en la primera de ellas: la paz.
-¿Qué es la paz?
Muchos responderíamos… que no haya guerra.
Asociamos inmediatamente la paz al conflicto bélico, a la ausencia de enfrentamiento de cualquier tipo entre las personas, a la armonía en el trato verbal o físico con los demás.
Yo prefiero pensar en ella de otra forma.
Me interesa esa paz que sentimos cuando realizamos verdaderamente lo que creemos correcto, cuando miramos a nuestro alrededor y sentimos que estamos en el lugar adecuado para poder desarrollar nuestras cualidades, cuando al final del día, cerramos los ojos y podemos decir, con la mano en el corazón, que no hemos dañado a nadie conscientemente y hemos intentado mejorar y hacer el bien en todas nuestras acciones.
La paz, profunda e interior, es la más valiosa, rara y difícil de encontrar, es la que debemos buscar toda la vida…y esa es la que que te deseo a ti hoy, anónimo lector, día de Navidad de 2011.
Paz, amigo.
Ojalá tengas la dicha de sentirla, de encontrarla durante muchos días en tu vida.

Luces de Navidad

De nuevo, el círculo se cierra.
Las calles se inundan de personas con bolsas de vivos colores.
Por fuera, todo es brillante, luminoso.
Un ritmo frenético se apodera de nosotros, nadie puede escapar, todo sucede más deprisa, sino corres no formas parte de la fiesta.
Las luces de Navidad convierten la ciudad en una enorme pista de aterrizaje, nos atraen, hechizan nuestros sentidos y,de una manera engañosa, quieren hacernos creer que tenemos la obligación de sonreír, de ser felices, de “brillar” como lo hacen ellas…cuando son ellas mismas las responsables de iluminar la soledad, la frustración, la tristeza.
Bajo su despiadada luz, sin poder remediarlo, todos realizamos un exhaustivo balance de nuestra vida y ellas nos muestran, nada más y nada menos, lo que somos en realidad, y donde estamos en este momento, aquí y ahora, en el río de nuestra vida.
Yo, siempre que las miro, siento una sensación agridulce.
Seguramente será por que pienso en la infancia perdida, en sueños dorados que quizás volaron, en aquel niño de piel morena y pantalones cortos, de brillantes ojos negros abiertos a una nueva vida por descubrir, llena de posibilidades.
Pero también me siento feliz, y una sola palabra, profunda y secreta, toma forma en mi corazón: GRACIAS.
Por todo lo bueno que tengo, por lo que soy, y por el gran regalo que la vida quiso darme hace ya 15 años.
¡Feliz Navidad!
¡Siempre hay motivos para decir gracias!

El lenguaje de Bach.

Cada compositor tiene su aroma, su color, su paisaje.
Ravel y Debussy saben a mar, a flores en una cálida y mágica noche de verano a la luz de la luna.
Mozart es elegante, divertido, curioso, siempre equilibrado.
Beethoven desafiante y altanero, increiblemente lógico y coherente en su desarrollo musical.
Wagner grandilocuente, profundo y ambicioso.
Strawinsky es abrupto, fantasioso, inesperado.
Con Sibelius podemos sentirnos prácticamente dentro de la propia naturaleza, en las cumbres heladas de Finlandia.
Pero, el lenguaje que más me impresiona es el de Bach, con él no hay espacio para la banalidad, para la ligereza, para el pasatiempo.
Cada frase, cada nota, encierra una trascendental pregunta sobre el sentido de la vida.
Siempre tengo la sensación de que su música habla de los grandes temas que han interesado a la humanidad desde el principio de los tiempos: el amor, el perdón, la amistad, la alegría, la tristeza, el alma, el más allá…
Sí, su música encierra preguntas y, probablemente, también las respuestas.