Pensamientos de verano (V)

Todo se lo debemos a otros.
Cuando nacemos, dependemos de la generosidad y calidez de los más cercanos.
Nuestras necesidades físicas, la ropa que llevamos, la comida que comemos, los objetos que usamos a diario…son obra del trabajo de cientos, de miles de personas sin rostro procedentes de las más diversas y lejanas partes del mundo.
Cada objeto que te rodea, cada sorbo de agua, cada bocado de comida, cada prenda de ropa, cada comodidad tecnológica que hace tu vida más sencilla y placentera, está impregnada de su trabajo, algunas veces hecho con amor y justamente remunerado y otras, hecho por la necesidad básica de subsistir, con gran esfuerzo e injustamente remunerado.
Que maravilloso sería si, sólo por un momento, pudiéramos conocer los rostros anónimos que hay detrás de cada cosa, descubrir su historia, cuales fueron las motivaciones y los anhelos que pusieron esas personas al construirlo.
Todo está conectado.
Aire, sol, agua, fuego…todos los elementos entrelazados y un sin número de personas han hecho posible que tú y yo podamos ahora mismo comunicarnos a través de esta pantalla.
La interdependencia de las cosas lo abarca todo.
Tú mismo eres en cada momento, muchas veces sin saberlo, parte necesaria y fundamental para el desarrollo de la vida de los demás.
Por lo tanto, la frase “A mi nadie me ha regalado nada” es tremendamente errónea y contradictoria.
Cada momento es un regalo.
Abre bien los ojos y el corazón.
Verás el hilo dorado que nos entrelaza a todos con la energía desbordante e inabarcable de la naturaleza.

Cuando ya no esté

Búscame en el vasto cielo azul, sin límites
Búscame en la dorada arena, dormida en la playa
En la ligera brisa nocturna que te acaricia furtiva
En el cálido sol del otoño que inesperadamente te abriga
En la dulzura del alba sobre la inmensa llanura
En el agua sobre la tierra seca
En las interminables noches blandas
En las puras estrellas errantes
En las sombras furtivas, bajo tu ventana
En el calor sigiloso sobre tus manos
En el suave aliento trémulo entre tus labios
Búscame en los días pasados
En los que vendrán
En las despedidas largas
En lo que te dije
En lo que no te dije
En el silencio que todo lo abarca y comprendre
En el silencio que todo lo sabe
Allí te estaré esperando
nostalgia

Pensamientos de verano (IV)

Somos vasos comunicantes.
Lo que nos une es un anhelo profundo de alcanzar la felicidad y de evitar el sufrimiento.
Todos, ricos y pobres, sencillos y poderosos, altos y bajos, grandes y pequeños… tenemos en común esta aspiración profunda.
Compartimos, además, una pequeña porción de “algo”  muy profundo y valioso.
Alma, energía, espíritu, consciencia, constante mental…es tan difícil de definir, que todos los esfuerzos humanos para abarcarlo con las palabras resultan casi inútiles.
Es extremadamente precioso, noble, luminoso, puro y bondadoso.
Hay momentos mágicos, cuando conseguimos aminorar la marcha, abrir de verdad los ojos, prestar atención, dejándonos llevar por nuestra parte más genuina y auténtica en que, traspasados por su luz, podemos experimentar un pequeño atisbo de lo que es.
Oculto por las ilusiones, las emociones, el deseo desmesurado, nuestras contradicciones, nuestras continuas distracciones, espera ser descubierto y despertado.
Por lo tanto, ya que todos compartismo el mismo tesoro, el concepto de amigos y enemigos,  es tremendamente absurdo y contradictorio.
Todos somos uno.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pensamientos de verano (III)

La felicidad depende exclusivamente de nosotros mismos.
Se construye día a día, a base de esfuerzo y tiempo.
Es un estado interior duradero que nace de una mente sana y serena.
Quien la experimenta de verdad, no se siente destrozado por el fracaso,
ni embriagado por el éxito.
Sabe vivir plenamente las circunstancias adversas y favorables, siendo muy consciente de que son efímeras, que todo cambia, que nada exterior permanece.
Se puede ser feliz y, a la vez, sufrir todo tipo de privaciones corporales y externas y, al contrario, ser infeliz disfrutando de buena salud y con un nivel de vida estable y acomodado.
El placer no conduce a la felicidad.
Es de naturaleza inestable y, con su repetición, suele perder atractivo y convertirse, rápidamente, en desagradable e incluso provocar rechazo.
El placer puede acompañar al odio, a la violencia, a la maldad, a la ambición, a la avidez…
Al contrario, la verdadera felicidad, perdura, crece a medida que se cultiva, se multiplica, engendra un estado de plenitud que se convierte en el fondo inmutable de nuestra personalidad.
Las personas felices desprenden una luz muy especial, cálida, serena y bondadosa.
Son como faros transparentes que nos guían en los momentos más oscuros e inciertos de nuestra vida.

Pensamientos de verano (II)

Las personas extraordinarias suelen ver en los demás siempre virtudes y no defectos, del mismo modo, son las más mediocres las que continuamente resaltan los defectos y suelen hacerlo de una forma obsesiva.
Esta negatividad hacia el entorno y hacia los demás, no es otra cosa que una mera actitud defensiva,  ya que resaltando los errores e imperfecciones ajenos, pretenden esconder los propios, proyectándolos en los demás y obtener así una visión más favorable de ellos mismos.
Esta actitud, aunque muy humana, es tremendamente dañina ya que, por una parte, formula juicios parciales e injustos sobre el entorno y por otra distrae y evita la solución del auténtico problema, que no es otro que la no aceptación de los propios errores y limitaciones.
La imperfección forma parte de la preciosa existencia humana.
Los aspectos más luminosos y oscuros conviven continuamente en nosotros.
Observando con calma el fondo de nosotros mismos podremos potenciar suavemente todas aquellas actitudes que nos conducen a la luz y desterrar, poco a poco, las que nos llevan, una y otra vez, a cometer los mismos errores, alejándonos de nuestra esencia más pura llena de amor, paz y felicidad.

Pensamientos de verano (I)

Desde que nacemos, la preciosa existencia humana se debate entre el “TENER” y el “SER”:
Toda la estructura social actual nos inclina hacia una gran exaltación del “TENER”, cuando esto no nos produce más que insatisfacción y nos obliga a perseguir una vana ilusión de plenitud que nunca llega, porque cuando “tenemos” siempre queremos tener más.
Es sólo en el “SER” donde se encuentra la auténtica felicidad, que nace de dentro, que perdura en el tiempo y que no depende de factores externos.
Cultivando las nobles cualidades que todos encerramos en nuestro corazón, podemos ir acallando la poderosa e ilusioria llamada del “TENER” para ir inclinando nuestra vida hacia un auténtico camino hacia el “SER”.