El lenguaje de Bach.

Cada compositor tiene su aroma, su color, su paisaje.
Ravel y Debussy saben a mar, a flores en una cálida y mágica noche de verano a la luz de la luna.
Mozart es elegante, divertido, curioso, siempre equilibrado.
Beethoven desafiante y altanero, increiblemente lógico y coherente en su desarrollo musical.
Wagner grandilocuente, profundo y ambicioso.
Strawinsky es abrupto, fantasioso, inesperado.
Con Sibelius podemos sentirnos prácticamente dentro de la propia naturaleza, en las cumbres heladas de Finlandia.
Pero, el lenguaje que más me impresiona es el de Bach, con él no hay espacio para la banalidad, para la ligereza, para el pasatiempo.
Cada frase, cada nota, encierra una trascendental pregunta sobre el sentido de la vida.
Siempre tengo la sensación de que su música habla de los grandes temas que han interesado a la humanidad desde el principio de los tiempos: el amor, el perdón, la amistad, la alegría, la tristeza, el alma, el más allá…
Sí, su música encierra preguntas y, probablemente, también las respuestas.

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