Pensamientos de verano (IV)

Somos vasos comunicantes.
Lo que nos une es un anhelo profundo de alcanzar la felicidad y de evitar el sufrimiento.
Todos, ricos y pobres, sencillos y poderosos, altos y bajos, grandes y pequeños… tenemos en común esta aspiración profunda.
Compartimos, además, una pequeña porción de «algo»  muy profundo y valioso.
Alma, energía, espíritu, consciencia, constante mental…es tan difícil de definir, que todos los esfuerzos humanos para abarcarlo con las palabras resultan casi inútiles.
Es extremadamente precioso, noble, luminoso, puro y bondadoso.
Hay momentos mágicos, cuando conseguimos aminorar la marcha, abrir de verdad los ojos, prestar atención, dejándonos llevar por nuestra parte más genuina y auténtica en que, traspasados por su luz, podemos experimentar un pequeño atisbo de lo que es.
Oculto por las ilusiones, las emociones, el deseo desmesurado, nuestras contradicciones, nuestras continuas distracciones, espera ser descubierto y despertado.
Por lo tanto, ya que todos compartismo el mismo tesoro, el concepto de amigos y enemigos,  es tremendamente absurdo y contradictorio.
Todos somos uno.

 

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