La vida

La vida es un gran maestra, nos enseña que las cosas están siempre en transición, nada sucede al gusto de nuestros sueños. Los malos momentos, nos enseñan a erguirnos y seguir adelante, a aceptar que nunca lo tendremos todo en orden. Incluso en los peores momentos, siempre tenemos el poder de abrirnos para superar viejos límites y descubrir nuevos horizontes.

Sólo escuchar

Hay momentos mágicos en que la otra persona te permite entrar en su vida.
Momentos en que te abre su corazón para revelarte sus pensamientos más íntimos, sus temores más profundos.
En esos momentos, la mayoría de las veces, no busca soluciones, ni consejos, sólo espera que la escuches, pero escuchar, sólo escuchar, no es fácil, es tremendamente complicado.
Escuchar no es sentarse y recibir información, no, es, sobretodo, aceptar y acoger al otro.
Significa dejar de pensar en lo siguiente que vamos a decir y centrar nuestra atención totalmente en lo que está comunicando la otra persona, sin interrumpirla, y cuando surja en nosotros el deseo de hablar nos recordamos que siempre habrá tiempo para hacerlo y que en ese momento “no se trata de mí, se trata de la otra persona”.
Nos fijamos no sólo en lo que esta diciendo, sino en lo que hay en realidad detrás de sus palabras.
Significa que nos sentamos allí, enfrente de ella, inmóviles y atentos, la miramos a los ojos e incluso si está proyectando sobre nosotros toda su ira, enfado, temores, frustración…entendemos que su mensaje en realidad se reduce a una sencilla frase: “Me siento fatal y quiero ser feliz”.
Cuando entendemos, que esa persona, al igual que nosotros, lo único que busca es expresar su dolor y ser feliz, empezamos de verdad a conectar con ella.
Es entonces cuando podemos detenernos y observar lo que está ocurriendo dentro de nosotros, y sólo después, cuando la otra persona haya acabado de expresar lo que quiera comunicarnos, es cuando podemos también hablar.
Sin olvidar que, escuchar de verdad, con plena atención y generosidad, ya es “decir” en realidad muchas cosas.

 

El amor y el dolor

La vida sin amor no tiene sentido, y sólo podemos amar de verdad si estamos dispuestos a ser heridos.
Amar intensamente significa aceptar que no hay nada sólido donde agarrarse que, como todas las cosas en la vida, las relaciones humanas están también sujetas a un fluir y cambio constante.
Es en esta inestabilidad donde residen nuestros más profundos miedos y temores. Tememos perder, en algún recodo oscuro del camino, en algún giro inesperado del destino, a la persona amada, y sabemos que su pérdida nos produciría un enorme dolor, porque en el fondo quererla de verdad implica no poseerla, dejarla andar libremente, y permitir que otras personas sean también responsables de su felicidad.
Pero …¿Qué es lo que nos atrae de la otra persona?
Sería fácil responder que sus cualidades personales, su atractivo físico e intelectual, todo aquello que no poseemos y que creemos puede aportarnos.
Sin duda, en un primer momento es así pero, realmente, cuando se consolida la relación y se convierte en verdadera, son las imperfecciones que descubrimos en ella las que nos conmueven y las que nos impulsan a trabajarlas mediante la maravillosa magia transformadora del Amor.
Porque el amor es sobretodo magia.
Magia transformadora que acepta que, en las relaciones humanas, no hay nada perfecto pero, sin embargo, es precisamente en lo imperfecto donde reside la gran oportunidad de crecer, de mejorar juntos, y de entregarse uno al otro con el corazón abierto.

Todos estamos conectados

¿Te has fijado que muchas veces cuando miramos a alguien fijamente en la espalda se gira a mirarnos?
¿Cuantas veces te has sentido observado y al darte la vuelta realmente era así?
¿O no has pensado acaso en alguna persona en concreto paseando por la calle y te la has encontrado?
¿O has pensado en ella y de repente te ha llamado por teléfono?
Son sutiles destellos, atisbos de una realidad profunda que intuimos desde que nacemos: que todos estamos conectados.
Hay un fino hilo mágico e invisible que nos une.
Hasta la más insignificante brizna de hierba está relacionada con todos y cada uno de los seres.
Sí, aunque no puedo demostrarlo, lo creo.
Las cosas más profundas y bellas de la vida no pueden demostrarse pero eso no quiere decir que no sean ciertas.
¿Acaso se puede tocar el amor, acariciar la bondad, embotellar la felicidad?
Es tan bonito imaginar que, cada vez que pienso en alguien con  añoranza, esa persona recibe mi abrazo en la distancia…

 

El gran vacío

Desde que nacemos, sentimos instintivamente que nos falta algo.
Es un profundo vacío indefinido que nos acompañará a lo largo de nuestra vida.
Irremediablemente aparece también un deseo de llenarlo.
Es entonces cuando empezamos nuestra particular cruzada en acumular, amasar, poseer.
Albergamos la vana ilusión de llenarlo con objetos, personas, logros personales,profesionales, intelectuales…
Nuestra sociedad  anima y aplaude esta tendencia:  ya que para ella “somos lo que tenemos”.
Y nos vemos inmersos en una auténtica vorágine desproporcionada por acumular más y más.
Contra más poseemos, más crece nuestra ansiedad ya que se hace cada vez más patente que “todo lo que hemos logrado lo podemos llegar a perder”.
Porque no hay nada, absolutamente nada de lo que hayamos acumulado que no pueda desaparecer en cualquier momento.
Y el vacío sigue ahí, más hondo y profundo.
Es entonces cuando, si tenemos la fortuna de estar atentos y despiertos, mirando con los ojos del corazón, podemos darnos cuenta de que es inútil todo esfuerzo por querer llenarlo desde el exterior: sólo puede hacerse desde el interior.
Necesitamos un nuevo planteamiento de vida: centrado más en el “ser” que en el “tener”.
Sólo así podremos descubrir realmente nuestro enorme potencial humano. Nuestra extraordinaria capacidad para hacer el bien, para conectar con el sufrimiento de los demás,  para comprender, escuchar, acompañar, dar felicidad, amar…
Empezamos a sentir, entonces, que el entregarnos a los demás, nos llena.
Que cualquier gesto, por pequeño que sea, de generosidad desinteresada, de desprendimiento, de auténtico amor, aporta un rayo de luz a nuestra oscuridad.
Que abrir el corazón al sufrimiento de los demás y ofrecerles nuestras manos abiertas  nos llena de una serena felicidad que, poco a poco, de manera muy sutil y delicada, va mitigando el dolor, va iluminando el camino, y se transforma en el centro de nuestra vida.