Surja lo que surja

Meditar es una forma de no agresión. De dejar de luchar contra nosotros mismos. Surja lo que surja en nuestra mente, nos entrenamos a verlo tal como es, sin darle nombre, sin rechazarlo, sin desviar la mirada, sin llamarle enemigo. Nos damos cuenta de su inconsistencia cuando observamos como desaparece una y otra vez de forma natural. Esta actitud, con el tiempo, se extiende a nuestra vida y aprendemos a permanecer cada vez más lúcidos y relajados ante cualquier circunstancia, emoción o estado de ánimo.

Qué es realmente meditar y para qué sirve.

La meditación es una parte fundamental de mi vida. He tenido la fortuna de descubrirla y de recibir enseñanzas de grandes maestros que me han descubierto su sentido más profundo.
En estos tiempos revueltos de agitación, caos y ansiedad, parece estar de moda…aunque hay muchas creencias erróneas y estereotipos que desvirtúan su verdadera naturaleza.
Entonces…¿Qué es realmente la meditación y para qué sirve?

Con la meditación se nos anima a no juzgar lo que pensamos, se nos pide a que reconozcamos como un simple movimiento de la mente todo aquello que calificamos como bueno o malo, sin todo el dramatismo que solemos añadir a lo que acompaña el bien o el mal.
Empezamos a vislumbrar las claves de no ceder ni reprimir, a dejar que la energía esté simplemente ahí, así sembramos la semilla que nos permite estar despiertos en el caos de lo cotidiano.

No nos sentamos en meditación para convertirnos en buenos meditadores, sino para estar más despiertos en la vida cotidiana.
Meditar es, ante todo, tomar conciencia de lo que ocurre: aunque sigamos huyendo de algunos pensamientos y siendo atrapados por otros, podemos ver claramente que lo hacemos.
Los pensamientos no desaparecen,  los vemos con claridad, es entonces cuando empiezan a perder fuerza y a desgastarse, para acabar disolviéndose, si no los sostenemos con nuestro discurso narrativo habitual.

Poco a poco, con la práctica constante, empezamos a relacionarnos meditativamente con las esperanzas y miedos de nuestra vida diaria. De repente, dejamos de hablarnos obsesivamente a nosotros mismos, dejamos de luchar y nos relajamos, entonces podemos saborear, simplemente, la frescura del momento.

Nuestra manera de ver las cosas durante la meditación no es más que un entrenamiento para ayudarnos a ver de la misma forma todo lo que surge en nuestras vidas y es entonces, cuando empezamos a dominar el arte de vivir felices en paz y libertad. Somos capaces de percibir la presencia de todo el universo en nosotros mismos.

Con la meditación parece que no está ocurriendo nada y está ocurriendo todo: en cuanto paramos y dejamos de perseguir cosas, surgen naturalmente la  felicidad y la paz.
Creemos que cuando no estamos haciendo “algo” estamos perdiendo el tiempo pero esto no es cierto, con la meditación descubrimos que  la “no-acción” es en sí ya un acto, de hecho, las grandes personas algunas veces, ante grandes dificultades, parecen no estar haciendo nada, sin embargo, su sola presencia es crucial para el bienestar del mundo.

El arte de la felicidad es vivir hondamente el momento presente, es un hábito, que se debe cultivar y practicar. Sólidamente anclados en él, vemos que no necesitamos escapar.
Gracias a la plena consciencia, podemos ver en todo momento la poesía y la belleza de todo lo que nos rodea. Vivir plenamente es saber cómo maravillarse y generar felicidad en cada instante.

Meditar no es sólo descubrir el sentido de la vida, es también curarnos y nutrirnos, con la relajación ante todo lo que suceda, llega la sanación.
La práctica diaria es una forma de protegerte, la forma en que respiras, caminas, piensas…son formas de protegerte, de sobrevivir en el medio tóxico, agresivo y competitivo de la vida diaria.

Cultivando la bondad, la compasión, la felicidad y la imparcialidad que surgirán naturalmente gracias a la meditación, tu aportación al mundo se volverá decisiva para convertirlo a tu paso en un lugar más amable, cálido y amigable.
¿Te animas a intentarlo?
Vale realmente la pena…

El corazón cree en los milagros

Si creyera en casualidades diría que, precisamente, en estos días, de aislamiento e incertidumbre, el destino me ha llevado a descubrir al poeta ruso Fiódor Tiútchev (1803-1873), pero como no creo en ellas y pienso que todo sucede por causas y condiciones, me inclino a pensar que hace tiempo que lo ando buscando y por fin lo he encontrado.
El poema en concreto que ha caído en mis manos, es de una belleza arrebatadora, cada palabra encierra un poderoso mensaje y me ha conmovido profundamente, dice así:
«No importa lo que la vida nos enseña:
el corazón cree en los milagros.
Existe una fuerza inagotable,
también una belleza imperecedera.
La decadencia terrestre
no tocará las flores sobrenaturales,
el calor del mediodía
no secará el rocío que hay en ellas.
Y esta esperanza no engañará
al que de ella vive,
no marchitará todo lo que aquí floreció,
no desaparecerá lo que aquí existió.
Pero esta esperanza es para pocos.
Sólo conocerá el paraíso,
el que supo sufrir amando
en las tentaciones de la vida.
El que curó enfermedades ajenas
con su propio sufrimiento,
el que ofreció su alma por los demás
y soportó todo hasta el final»

Siempre hay esperanza para el que va por la vida con las manos abiertas, para el que sabe vivir dentro de sí mismo.
Habita dentro de nosotros una fuerza inextinguible: es la capacidad de amar la que perdura, la que nada ni nadie puede arrebatarnos.
Y, como dice Tiútchev, ni el sol del mediodía podrá secar el rocío de nuestro amor.
Si somo capaces de escuchar en el silencio,
de alejar el ruido de nuestros pensamientos,
de acallar nuestras voces tóxicas,
de reclamos, reproches y frustraciones,
oiremos una cálida voz que nos susurra al oído palabras de esperanza:
es nuestro corazón herido que todavía cree en los milagros.

Palabras como flechas

Hay palabras, imágenes, mensajes…que, muchas veces, sin nosotros saberlo, se convierten en flechas afiladas para los demás. En estos tiempos convulsos, todas nuestras palabras deberían ser, más que nunca, como dulces caricias, como tiernos abrazos en la distancia, como trocitos de luz que iluminan el incierto camino en el que estamos.