La vida

La vida es un gran maestra, nos enseña que las cosas están siempre en transición, nada sucede al gusto de nuestros sueños. Los malos momentos, nos enseñan a erguirnos y seguir adelante, a aceptar que nunca lo tendremos todo en orden. Incluso en los peores momentos, siempre tenemos el poder de abrirnos para superar viejos límites y descubrir nuevos horizontes.

Todos estamos conectados

¿Te has fijado que muchas veces cuando miramos a alguien fijamente en la espalda se gira a mirarnos?
¿Cuantas veces te has sentido observado y al darte la vuelta realmente era así?
¿O no has pensado acaso en alguna persona en concreto paseando por la calle y te la has encontrado?
¿O has pensado en ella y de repente te ha llamado por teléfono?
Son sutiles destellos, atisbos de una realidad profunda que intuimos desde que nacemos: que todos estamos conectados.
Hay un fino hilo mágico e invisible que nos une.
Hasta la más insignificante brizna de hierba está relacionada con todos y cada uno de los seres.
Sí, aunque no puedo demostrarlo, lo creo.
Las cosas más profundas y bellas de la vida no pueden demostrarse pero eso no quiere decir que no sean ciertas.
¿Acaso se puede tocar el amor, acariciar la bondad, embotellar la felicidad?
Es tan bonito imaginar que, cada vez que pienso en alguien con  añoranza, esa persona recibe mi abrazo en la distancia…

 

El gran vacío

Desde que nacemos, sentimos instintivamente que nos falta algo.
Es un profundo vacío indefinido que nos acompañará a lo largo de nuestra vida.
Irremediablemente aparece también un deseo de llenarlo.
Es entonces cuando empezamos nuestra particular cruzada en acumular, amasar, poseer.
Albergamos la vana ilusión de llenarlo con objetos, personas, logros personales,profesionales, intelectuales…
Nuestra sociedad  anima y aplaude esta tendencia:  ya que para ella “somos lo que tenemos”.
Y nos vemos inmersos en una auténtica vorágine desproporcionada por acumular más y más.
Contra más poseemos, más crece nuestra ansiedad ya que se hace cada vez más patente que “todo lo que hemos logrado lo podemos llegar a perder”.
Porque no hay nada, absolutamente nada de lo que hayamos acumulado que no pueda desaparecer en cualquier momento.
Y el vacío sigue ahí, más hondo y profundo.
Es entonces cuando, si tenemos la fortuna de estar atentos y despiertos, mirando con los ojos del corazón, podemos darnos cuenta de que es inútil todo esfuerzo por querer llenarlo desde el exterior: sólo puede hacerse desde el interior.
Necesitamos un nuevo planteamiento de vida: centrado más en el “ser” que en el “tener”.
Sólo así podremos descubrir realmente nuestro enorme potencial humano. Nuestra extraordinaria capacidad para hacer el bien, para conectar con el sufrimiento de los demás,  para comprender, escuchar, acompañar, dar felicidad, amar…
Empezamos a sentir, entonces, que el entregarnos a los demás, nos llena.
Que cualquier gesto, por pequeño que sea, de generosidad desinteresada, de desprendimiento, de auténtico amor, aporta un rayo de luz a nuestra oscuridad.
Que abrir el corazón al sufrimiento de los demás y ofrecerles nuestras manos abiertas  nos llena de una serena felicidad que, poco a poco, de manera muy sutil y delicada, va mitigando el dolor, va iluminando el camino, y se transforma en el centro de nuestra vida.

Cuídate

Se amable y cálido contigo mismo.
Busca lo que necesitas en cada momento.
Cultiva tu mente y el corazón.
No seas injustamente crítico con tus errores.
Perdónate.
Especialmente en los momentos difíciles, escúchate y obsérvate.
Fomenta lo que te ayuda, debilita aquello que te perjudica.
Si la necesitas, pide ayuda y déjate ayudar por los que te quieren.
Sabiendo que lo que llevamos dentro es lo que volcamos en el mundo, piensa que cuidarte, no es sólo un digno gesto de amor hacia ti mismo, sino y sobretodo, un gesto también de profunda generosidad hacia los que te rodean.

Contracorriente

A menudo olvidamos que todo es impermanente y está en un fluir constante.
Todos los fenómenos se manifiestan, permanecen, cambian y desaparecen.
La fuerte presión egocentrista, competitiva y comparativa que desgraciadamente impera en nuestra sociedad puede derivar, si no estamos atentos y vigilantes, en una excesiva obsesión absorta en nosotros mismos.
Nos atribuimos entonces una exagerada autoimportancia personal, nutrida tanto del miedo al fracaso como de la esperanza exacerbada de conseguir algo.
Esos movimientos tan marcados entre el miedo y la esperanza, hacen que perdamos el contacto con nuestra auténtica naturaleza.
Nos convertimos en esclavos de nuestros propios deseos que se incrementan más y más…y en algún punto nos parece haber conseguido algo, pero inmediatamente surge la amenaza de que habremos de perderlo.
El éxito y el fracaso, toman  proporciones gigantestas, exageradas y se alternan con rapidez.
Empezamos a creer que el mundo se mueve para nosotros, que es él el que nos da y nos quita.
En esa atmósfera sofocante empezamos a ver a los demás como una amenaza. Nuestro ensimismamiento es tan grande que ni siquiera nos damos cuenta de lo rudo y agresivo que puede ser nuestro comportamiento.
Pasamos de una actitud defensiva a una ofensiva.
Sembramos dolor, en nosotros mismos y en los demás.
No permitas que esto suceda.
Mantente atento, vigilante.
Practica la serena atención de una manera muy despierta.
Observa cuidadosamente tu lenguaje corporal, verbal y sobretodo aquello que piensa o almacena tu mente.
Estabiliza la armonía, el sosiego y la flexibilidad.
Cultiva un buen corazón, generoso, amplio y espacioso.
No permitas que la corriente te arrastre.

Apuntes del Curso “Convivir con los demás” (IX)

La angustia y el estrés son despertadores que nos visitan para que les prestemos atención.
Vivir es una experiencia traumática, continuamente nos suceden cosas.
Las dificultades podemos verlas como obstáculos, o como oportunidades que nos invitan a mejorar, a desarrollarnos.
Hay que amar todo lo que sucede, observarlo tal como es, sin sobredimensionarlo, la mayoría de las veces exageramos, en realidad son pocas las cosas que nos suceden realmente importantes.
Practica el humor como antídoto ante las exageradas demandas de tus deseos y esperanzas.
En las situaciones difíciles nace lo mejor y lo peor de nosotros mismos.
Surja lo que surja, entrénate en observarlo y verlo tal como es, sin darle nombre, sin tirarle piedras, sin desviar la mirada.
Cultiva “un buen calzado” para caminar por la vida,  en vez de querer alfombrar el suelo de espinas.
Ten la firme convicción que el amor, hacia ti mismo y hacia los demás, puede limar las aristas más profundas.