Convertir lo ordinario en extraordinario.

Hace ya algunos años que tuve la gran fortuna de descubrir la práctica de la meditación de la mano del buen amigo y maestro Karma Tenpa en el monasterio budista Dag Shang Kagyu.
Desde entonces, la practico de manera constante a diario y es muy bello poder afirmar que siento como, poco a poco, de manera silenciosa y profunda, va cambiando mi vida.
Con la meditación, aprendemos a anclarnos en el momento presente, lo cual produce una relajación fantástica, muy agradable, y cultiva una paz gozosa, fresca y atemporal.
Nos ayuda a contactar con nosotros mismos, a descubrir nuestra auténtica identidad, quiénes somos y cómo funcionamos.
A descubrir que, en la atención plena, siempre nacen el amor y la compasión hacia los demás.
No meditamos para estar aislados y desconectados del mundo, al contrario, lo hacemos para abrirnos a las necesidades, al dolor de los demás, y poder ser así más útiles.
Cultivamos la sabiduría, no la intelectual, sino la más profunda, la que conoce cómo son realmente las cosas, la esencia pura y luminosa de la mente.
Meditar es aprender a soltar, a soltar todo lo que no es esencial, a ser una persona simple.
El objetivo es llegar a un estado mental pacífico para observar como surgen las emociones y las pautas habituales cuando están empezando a desarrollarse, de esta manera somos libres, podemos decidir si queremos seguir los pensamientos o no, y podemos adoptar entonces, con total lucidez, la mejor decisión.
Una de las cosas más extraordinarias que me ocurre, gracias a la meditación, es que, cuando consigo estar serenamente anclado en el momento presente, todo lo ordinario se convierte en extraordinario: el brillo del sol, el olor de la hierba, el viento helado, el destello del agua, la perfumada brisa… y, sobretodo, la extraordinaria riqueza que encierran las personas con las que me tropiezo a diario.
Sí, la meditación, me abierto los ojos al mundo.
Y no sólo al mundo, sino al gran tesoro que todos tenemos dentro esperando ser descubierto.

Dar amor auténtico

Para cultivar un amor estable que resista los vaivenes de la vida, necesitamos reducir nuestra sensibilidad a lo que los demás piensan de nosotros y la manera en que nos tratan.

La «recompensa” por amar a los demás, no es que los demás, a cambio nos amen, sino sentirnos simplemente complacidos y satisfechos de dar amor.

No es amor.

¿Qué es el amor?
Es tremendamente complicado responder a esta pregunta.
Sí, lo llamamos amor pero… ¿lo es en realidad?
En mi opinión, muchas veces no.
Me encanta cómo la filosofía budista, define el amor, de una manera muy simple y tremendamente profunda: el amor es siempre incondicional, no espera nada a cambio y pone el ejemplo del amor que siente una madre por su hijo.
También habla del apego o aferramiento como el principal enemigo del amor, y es que muchas veces confundimos una cosa con otra, y no pueden ser más opuestas.
El apego es el mayor enemigo del amor y, no sólo eso, es tremendamente tóxico y nocivo.
Surge cuando identificamos a algo o a alguien como necesario para nuestra felicidad.
En las relaciones con más apego es donde hay más ira y enfado.
Cuando determinamos que “algo nos va a hacer felices” ya estamos sembrando la semilla de la ira. Cuando nos posee, somos totalmente irracionales y estúpidos. Cuando la mente sublima una cosa, una situación, un trato, una persona…como algo nuestro, algo bueno, algo totalmente indispensable para ser feliz, estamos atrapados por el apego y tremendamente equivocados  y confundidos.
Cuando obtenemos lo que queremos, y no nos hace felices, nos damos cuenta que no es cierto lo que pensábamos.
Es la gran mentira del marketing: “necesitas esto para ser feliz”, de esta forma  construimos una sociedad permanentemente insatisfecha, enferma de stress y ansiedad por poseer cada vez más, cuando la auténtica felicidad no viene del exterior, es una actitud interior que sólo podemos cultivar y fomentar  nosotros mismos.
En la vida en pareja, apego y amor suelen entremezclarse de manera peligrosa.
Con apego, tratamos a nuestra pareja como “instrumento” de nuestra felicidad. Por lo tanto, cuando no obtenemos lo que esperamos, nos sentimos defraudados y decepcionados.
La pareja se convierte entonces, en un acuerdo comercial: “yo te quiero mientras me trates y me des lo que necesito”. No tiene en cuenta como está la otra persona, solo vemos que no nos da lo que queremos.
Con apego, la otra persona existe sólo para proporcionarnos felicidad.
Por el contrario, el amor auténtico es desear, por encima de todo, la felicidad del otro.
Amar es dar, sin esperar nada a cambio.
No hay contrato, no hay condiciones.
Cuando amamos de verdad, queremos ofrecerle todo a otro ser.
Es una conexión perfecta: desaparece el “yo” y sólo vemos la otra persona.
Tenemos que desterrar la idea de que, lo que nos falta, lo vamos a conseguir de otro,  la semilla de la felicidad está ya dentro de nosotros: la capacidad de amar, la bondad, la generosidad, la empatía, la compasión, la sabiduría.
Sólo así podrá nacer en nosotros el amor auténtico, que en el fondo y en lo más profundo de nuestro ser, es lo que todos más deseamos.

¿Vale la pena enfadarse?

Una de las emociones negativas más destructivas, a la que todos estamos expuestos, es la ira.
Es la máxima responsable de la terrible violencia que podemos observar en el mundo y de un gran dolor que infringimos a los demás, a nosotros mismos y, en muchas ocasiones, a nuestros seres más cercanos y queridos.
Pero… ¿es posible una vida sin ira? ¿Sin enojo? ¿Sin enfado? ¿Sin agresividad ni verbal ni física?
La respuesta es sí, puede combatirse y ser eliminada de nuestra vida.
Para conseguirlo, el primer paso es conocer cómo funciona.
Es traicionera, tremendamente hábil y peligrosa, sabe utilizar nuestros puntos más débiles.
Cuando se apodera de nosotros, lo que percibimos en una versión distorsionada de las cosas que no está de acuerdo con la realidad, la mente se enfoca en exagerar los puntos que alimentan nuestro enfado y prescinde de todo lo demás, entramos en un bucle frenético de pensamientos que lo mantienen y lo justifican como la única opción, como la mejor opción…y esto es un tremendo error y además, no es cierto.
Enfadarse nunca es la mejor opción.
Ante una situación conflictiva o una agresión, podemos, simplemente tomar dos caminos: mantenernos tranquilos o bien perder el control. Cuando perdemos el control, decimos y hacemos cosas terribles, que no contribuyen en nada a solucionar el problema y que momentos más tarde nos avergonzarán de lo estúpidas que han sido.
Pero… ¿qué podemos hacer para evitar que la pequeña nube negra que empieza en nuestro interior no se convierta en un huracán que destruye todo lo que se encuentra a su paso?
Lo primero es ver la ira, como un invitado desagradable, ha entrado por la puerta, pero no va a quedarse siempre con nosotros, del mismo modo que ha venido, se irá.
Podemos observarla desde fuera, no forma parte de nosotros, observamos cómo se manifiesta en nuestro cuerpo: peso en el estómago, en la garganta, temblor de manos, palpitaciones, movimientos bruscos, tensión muscular…esos son los primeros síntomas de alerta, está empezando algo poderoso y destructivo, acepta que está ahí, no lo rechaces, pero ten la pausa y la sabiduria suficiente para tomar la firme determinación que no vas a darle presencia hacia el exterior, eso demuestra una gran valentía y una gran fuerza interior de autocontrol.
Esta es tu primera victoria: si no sale hacia afuera estás empezando a desmontarla.
Difícilmente vas a poder pensar con claridad para encontrar la mejor solución si estás fuera de sí, totalmente descontrolado y desbordado.
Respira despacio, toma conciencia de lo que sucede en tu cuerpo e intenta mantener la calma.
En vez de repetirte “esto no debe de ser”  “no es justo”  “no hay derecho”  lo cambiamos por… “es así… ¿qué hago?”
Muchas veces la ira tiene que ver con un deseo de controlar, de mandar, de dirigir a los demás, de imponer lo que deben hacer, o que nos hablen o nos traten de una determinada manera: “Todo debe ser como yo quiero que sea y los demás deben hacer lo que yo pienso que deben hacer”.
Con esto, sólo consigues dar a los demás el poder de hacerte sentir bien o mal y ten por seguro que te van a decepcionar, no olvides que deberías ser tú el único responsable de cómo reaccionas o cómo te sientes ante determinada persona o situación.
Sí, lo que sucede es una cosa y tú percepción es otra.
Lo que piensas que es correcto, lo que piensas que es justo, lo que piensas que le conviene hacer a tal o cual persona, lo que piensas que debería hacerse en este momento…es sólo tú versión, únicamente tú versión y crees que es lo mejor…¿lo mejor para quién?  Lo mejor para mi placer, para mi interés, para mi poder, para mi comodidad, para mi felicidad, para mí…para mí…pero ¿Qué hay de los demás? ¿Es también lo mejor para los demás? ¿Va a contribuir  a su felicidad?
Esto pone en evidencia la gran trampa de la ira: se disfraza como algo necesario, que nos protege, que nos da fuerza, poder…pero en el fondo, no esconde más que una visión tremendamente estrecha, egocentrista e insolidaria.
Si somos capaces de desmontar estos argumentos tan arraigados en nosotros, de entrenar la mente para observar sin involucrarnos, de cultivar la paciencia, de tener la pausa suficiente antes de actuar,  de ver y escuchar con atención,  de mantener la calma , de ver a nuestro agresor como un ser humano que sufre al igual que nosotros, de ver cada situación difícil como una oportunidad de  superación y crecimiento, podremos, poco a poco,  ganar la batalla a la ira y, casi sin darnos cuenta, desaparecerá de nuestra vida, surgirá entonces en nosotros de forma natural, una serena paz interior y una manera de vivir más creativa, más bondadosa, más tolerante,  con la que contribuiremos a hacer del mundo un lugar más amable y feliz.

 

 

Todas las personas

Si somos pacientes y nos interesamos de manera auténtica por alguien, prestándole plena atención, haremos aflorar sus mejores cualidades. Todas las personas con las que nos encontramos a diario tienen aspectos escondidos a simple vista que son dignos de admiración.

La vida

La vida es un gran maestra, nos enseña que las cosas están siempre en transición, nada sucede al gusto de nuestros sueños. Los malos momentos, nos enseñan a erguirnos y seguir adelante, a aceptar que nunca lo tendremos todo en orden. Incluso en los peores momentos, siempre tenemos el poder de abrirnos para superar viejos límites y descubrir nuevos horizontes.